El obispo diocesano, Mons. Ángel José Macín, ofrece una cuarta entrega de meditaciones en torno a la pandemia, como un modo más de acompañar a la comunidad y a las personas en este tiempo difícil que estamos atravesando.

«MEDITACIONES PASTORALES EN TORNO A LA PANDEMIA IV

Daría la impresión que estamos en una etapa de transición en la crisis global de la pandemia provocada por el COVID – 19 y una nueva época asoma, la cual aún no sabemos cómo se irá desarrollando, y hacia que orillas nos llevará. Pronósticos hay muchos. Especulaciones también. Pero el futuro permanece todavía en penumbras, aunque algún destello de luz alumbre nuestro camino.

En la zona más luminosa aparece la posibilidad cierta de la inmunidad, aunque no todos adhieran a ella, provocada por la reacción que la vacuna produce. No todos están convencidos de la eficacia de la misma. Los acontecimientos se suceden rápido y eso requiere que el tiempo transcurra y confirme su eficacia con resultados medibles. En un cono de sombra asoma, en cambio, la situación de subsistencia de muchas personas que han caído en la pobreza, o en la miseria, por el contexto que hemos tenido que atravesar, y el impacto psico-social de esta experiencia colectiva. No menos dolorosa resulta la asimetría que se expresa en las vacunas. Mientras que hay países que han alcanzado aparentemente una cierta inmunidad, otros se debaten por llegar a un porcentaje razonable de vacunados. Estas diferencias también suceden al interno de algunos países como el nuestro y generan un malestar suplementario.

Por otra parte, hay que reconocer que el temor o el miedo siguen estando. También el dolor, por diversas razones, pero sobre todo por la pérdida de seres queridos no “despedidos”, un aspecto que he tratado de reflexionar en las meditaciones anteriores, y que tienen y tendrán una incidencia determinante en los tiempos inmediatamente futuros. Permanece como una incógnita preocupante el origen del flagelo, que genera muchas preguntas sin respuestas. Todas estas realidades mencionadas se perciben interconectadas e seguramente irán configurando el entramado de los meses y años que siguen.

  • La inmunidad, una meta parcial

Sabemos que la inmunidad física es la base para la superación de la situación que estamos atravesando. Mientras la pandemia no retroceda, el camino será siempre cuesta arriba. El paso del tiempo haría más complicadas las cosas todavía, por la fatiga y el cansancio. La inmunidad es, sin dudas, un elemento fundamental en este trance que estamos atravesando. O en todo caso, algo similar sería el descubrimiento de una cura de la enfermedad.

Pero es muy recomendable no confundir inmunidad, con situación superada, con normalidad. Menos aún con salvación o conceptos de esta índole. De varios términos, por lo menos tendríamos que advertir que se trata de expresiones de diferente calibre, pero que no alcanzan todavía a adelantarse y decir del día después. Lo más probable que no haya un día después, sino que todo suceda de un modo diferente, lenta y dolorosamente, con una evolución favorable, o no tan favorable para la humanidad. Depende como se administre y se gestione la salida de una crisis de tal magnitud.

Reitero que la inmunidad aparece como la base de la superación de la misma. Pero no es su resolución. Necesitaremos otros elementos, de diversa índole, para estabilizar los estragos provocados. La así denominada “nueva normalidad”, concepto bastante ambiguo por cierto, tendrá sus expresiones externas como cambio de hábitos o costumbres. Pero también debería incluir un replanteo sobre los temas de fondo: el sentido de la vida, el bienestar de algunos en confrontación con la miseria de otros, el cuidado de la “casa común”, de la vida, que va de la atención del microcosmos a fenómenos de mayor escala y, sobre todo, quienes definen y con qué criterios las políticas planetarias.

  • Algunas reacciones personales más probables durante la transición

A modo de ilustración, y para pensar un poco en nosotros mismos, en nuestro entorno, y también en la humanidad toda, señalo algunas posibles reacciones de este tiempo, con el objetivo de revisar nuestro estado de ánimo y la reserva de humanidad para las etapas que sigan. Entre otras cosas, nos podemos encontrar con:

  • El olvido y la negación: esto ya se registró en el tiempo transcurrido. Hay posturas de corte negacionista que, por razones diversas, no atienden a la gravedad de lo que ha sucedido y que nos afecta. Estas reacciones a veces se sustentan en la hipótesis de que una mano invisible está manejando la pandemia; otras veces relativizando la misma y siguiendo con la vida habitual, buscando salidas evasivas. Sea lo que fuere que ha provocado la difusión mundial del coronavirus, y que oportunamente será un tema clave a dilucidar, lo cierto es que estamos ante una realidad que ha afectado a la humanidad de un modo inédito y eso no se puede negar, ni tampoco sus consecuencias.
  • La exageración de los cuidados: en un extremo opuesto, tanto a nivel personal como social, han aparecido sectores que han creado una especie de culto del cuidado contra el virus, generando conductas altamente obsesivas, y a veces casi repelentes a los otros, que generan distancia y soledad. Puede que el cuidado exageradamente obsesivo preserve del contagio, pero seguramente provoca otros daños psíquicos que no se pueden obviar.
  • La prolongación del encierro: el aislamiento es una de las experiencias más tristes que ha provocado esta pandemia. Gente que ha tenido que permanecer encerrada, muchas veces por razones más que justificadas, sobre todo en enfermos y ancianos, que han pasado ya más de un año en su casa, con mínima comunicación. Hemos asistido a experiencias dolorosas, de personas que viviendo solas, han perdido la vida y solamente después de algunos días se ha detectado su trágico final. Este segmento de la población, que de alguna manera, es emergente de algo que nos pasa a todos, tendrá que ser acompañado especialmente, para recuperar la relación y la comunicación. El silencio y la negativa de expresarse no son saludables en este caso.
  • La depresión: esta consecuencia, que tiene que ver con las anteriores, pero presenta su fisonomía propia, es una de la que más me ha impresionado a mí mismo y en otros. La depresión, la falta de reacción, la perplejidad. Supongo que no es tan fácil reconocer que estamos deprimidos. Pero es notable la pérdida de interés, el cansancio, el hartazgo y otros síntomas de decaimiento. A veces evitamos hablar de algunos temas. En otras ocasiones, estamos como paralizados. Sería saludable prestarle atención a alguno de estos síntomas de decaimiento y tratar de determinar el grado de influencia en nuestra salud.

De cara a estas reacciones, es bueno pensar en actitudes que nos ayuden a contra-restar o superar la negatividad. Se me ocurren algunas actitudes aconsejables como el realismo, la comunicación, la aceptación y el volver a apostar por la vida y por las cosas que nos movilizan. En otros términos, asumir el sufrimiento, para que pueda ser transformado.

  • El sufrimiento, una constatación antropológica

La realidad del sufrimiento es una constatación, se hace presente y patente en el camino de la existencia. Lo experimentamos y lo comprobamos todos. La medicina es una de las ciencias más vinculadas a esta cuestión. Su cometido es sanar y evitar el sufrimiento, especialmente físico, y trata de erradicarlo con diversos instrumentos, cada vez más sofisticados. También otras ciencias, cada vez más variadas, se ocupan de este aguijón que hiere la vida humana. No faltan búsquedas en teosofías y otros caminos análogos para hacer frente a uno de los grandes temas de la condición humana: el dolor.

A modo de ejemplo, se ha observado que referentes del psicoanálisis como Freud, Lacán y otros, no hablan directamente del sufrimiento. Pero, con otro vocabulario (dolor, duelo,…), constatamos que es un asunto que está en el fondo de la dinámica misma de esta ciencia y de esta técnica que trata de ayudar al ser humano a comprender su situación y a superar instancias de crisis que le provocan sufrimiento. Interesante resulta la observación de J. Nasio, un reconocido piscoanalista argentino cercano a Lacán, quien en una entrevista afirma: “Digo que el psicoanálisis cura para hacer entender de una buena vez que nosotros ayudamos a aquellos que nos consultan. Un paciente que viene triste, una persona que viene angustiada, un niño que presenta síntomas terminan la terapia y se van aliviados de ese sufrimiento. La cura es el alivio del sufrimiento enfermo. Hay dos tipos de sufrimiento. Uno sano, que es inherente a todos porque no hay vida sin sufrimiento, y uno enfermo, nocivo, que es aquel del queremos aliviar al paciente” (J. NASIO, Entrevista en Tiempo Argentino, del 20 de junio de 2021).

E inmediatamente añade algunos aspectos interesantes a revisar desde el punto de vista del psicoanálisis: (el sufrimiento)…“responde a cuatro características. Cuando ocupa toda la vida del paciente, es decir que este sufre cuando duerme, cuando come, cuando está en el trabajo, cuando está solo. El sufrimiento nocivo es invasor. En segundo lugar, cuando impide hacer lo que el paciente tiene que hacer, es decir, es un sufrimiento inhibidor. En tercer lugar, cuando dura en el tiempo, cuando no es pasajero, cuando decae y reaparece, cuando se hace crónico. Por último, cuando produce un dolor insoportable. Si ese sufrimiento desaparece, puedo decir que el paciente está curado, no porque deje de sufrir, porque todos sufrimos, sino porque el sufrimiento ya no le impedirá hacer su vida, sino que será un sufrimiento tolerable, pasajero” (Ibidem).

Quizá un tanto extensas las citas, pero creo que iluminadoras para el momento que vivimos. Definitivamente, el sufrimiento está, existe, nos persigue. Quizá varias ciencias como las mencionadas no se dedican a especular sobre el sufrimiento, sino a tratar de ayudar a asumirlo y domesticarlo. Los próximos tiempos demandarán el aporte de las diferentes perspectivas para ayudarnos y permitirnos caminar con menos tensión, tanto personal como social.

  • La cruz, como “lugar” de superación del sufrimiento

Avanzando hacia una perspectiva más cristiana, me parece conveniente ensayar algún aporte para que la ansiada inmunidad se transforme en ocasión de una vida más plena y compartida con los hermanos. En un lenguaje cristiano, diría que tenemos que pensar como transitar desde la inmunidad hacia la salvación y la vida plena.

Un texto con un gran potencial para ver reflejada la realidad del sufrimiento, en el mensaje de Jesús, es la parábola del Buen Samaritano, que la podemos leer en Lc 10,29-37. En este conocido y releído relato, desde diferentes enfoques, se nos muestra el reconocimiento por parte de un samaritano de alguien que necesita ayuda; no tarda en dársela, generosamente y sin medir la incomodidad que esto le provoca. En la relación entre el hombre caído y el samaritano se realiza el movimiento fundamental de la visión cristiana del ser humano y su redención en Cristo: el samaritano, según el contexto de la enseñanza de Jesús, reconoce en el hombre caído, a Cristo Crucificado, quien asumió sobre sí todos nuestros sufrimientos y dolores. Ahora bien, se puede afirmar que la cruz, lugar donde dio la vida, donde derramó su sangre nuestro Redentor, expresión máxima del sufrimiento, siendo una realidad histórica concreta, sucedida siglos atrás, en esta etapa de la historia que transitamos, de los tiempos definitivos y hasta la consumación final, es el símbolo y el lugar donde está ubicado quien hoy está sufriendo, quien en el presente se está desangrando. La cruz es el lugar que ocupa el internado en terapia intensiva, el familiar que espera desvelado, aquel que ha perdido un ser querido, quien no tiene trabajo y padece hambre, quien vive con miedo y desesperación. Y el buen samaritano funge como símbolo de quien reconoce allí a Cristo. Siempre tiene nombre y apellido. En este tiempo se puede pensar especialmente en gran parte del personal de salud, en muchos integrantes del personal de seguridad y de controles sanitarios, y tantos otros que velan por aquellos que sufren.

Para poder dejarnos salvar por Jesús y superar el mal desde su raíz, tenemos que aceptar y reconocer que estamos crucificados, y entonces podremos ser arrancados del abismo de la muerte. No hay redención si no se pasa por la cruz. La cuestión es que no se trata de una afirmación teórica. Esto se da existencialmente. Por eso la cruz, entre otras cosas, es un lugar por donde tenemos que pasar, quizá más de una vez, para alcanzar la vida plena que nos ofrece Cristo Crucificado. Es el lugar donde aparecen los hermanos y hermanas que están cerca y no la están pasando bien. Esta lectura de la Parábola del Buen Samaritano se ve iluminada de un modo más amplio por la escena del juicio final  de Mt 25,31-46, cuando se dice que Cristo está presente en los crucificados de este mundo (“…estuve enfermo y me viniste a visitar…Mt,25,36).

La centralidad de la cruz en la vida cristiana, como lugar teológico por excelencia, lo han descubierto y comprendido diferentes autores en la historia del cristianismo. Comenzando por Pablo, quien dice con toda claridad: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los griegos, más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza y sabiduría de Dios” (1 Co 1,23-24).

Haciéndose eco de una frondosa trayectoria sobre este tema, el Papa Francisco señala con cristalina verdad: “«Jesús sabe que no termina todo con la muerte o con la angustia, y la última palabra de la Cruz: ‘¡Padre, en Tus manos me encomiendo!’, y muere así. Encomendarse a Dios, que camina conmigo, que camina con mi pueblo, que camina con la Iglesia: y esto es un acto de fe. Yo me encomiendo. No sé: no sé por qué sucede esto, pero yo me encomiendo. Tú sabrás porqué»” (FRANCISCO, Homilía Santa Marta, 14-3-2016).

Retomando desde la cruz la cuestión de la pandemia, la inmunidad tiene que ir acompañada de la superación y la erradicación del mal, ese mal radical y nocivo, como raíz más honda del sufrimiento. Tal vez resulte complementario observar el tema desde la expresión “crisis”, usada con frecuencia en estos tiempos. Cuando estamos ante situación de crisis, sabemos que puede ser causada por diferentes razones. Ahora bien, la crisis siempre va asociada con el sufrimiento, porque implica una afectación particular de las personas y a su entorno, como a todo el entramado social. De hecho, se utiliza por ejemplo la expresión “comité de crisis”, frente a un evento extraordinario como una inundación, un terremoto u otros eventos de esta magnitud, que requieren una consideración y un tratamiento especial y urgente, para encaminar la situación a una superación de la misma.

En la vida de Jesùs de Nazareth, la cruz fue el momento de la crisis suprema. Con su entrega afrontó la crisis y el Padre Eterno lo rescató del abismo de la muerte, resolviendo así por la entrega y el amor, no solamente una crisis personal, sino la crisis de toda la humanidad. Desde un punto de vista cristiano, no podremos superar la crisis de la pandemia y sus consecuencias sin acudir a la cruz, como instrumento de salvación.

  • El Buen Samaritano y algunas estrategias de transición

La parábola del Buen Samaritano nos deja una enseñanza ulterior. Nadie puede llevar solo la cruz. Nadie puede bajar solo de la cruz. Nadie puede salir solo de la crisis. Es el Padre Eterno, que en Cristo, nos arranca del mal y nos lleva a una situación nueva. Esto acontece como un don, como un fruto de la gracia. Pero siempre mediada. De allí la necesidad imperiosa que pensemos juntos las “estrategias de gracia” para la superación de la crisis en las que nos sumergió el COVID – 19.

Solo algunas orientaciones, a modo siempre de ensayo o de reflexión en medio de la tormenta.

  • Desde lo más hondo te invoco, Señor” (Sal 130,1). He aquí una de las salidas fundamentales para esta etapa de crisis que estamos atravesando, la oración ferviente y confiada.
  • Contar lo que nos va sucediendo, como lo hicieron los discípulos de Emaús con el caminante desconocido, abrir el corazón, ventilar el alma, para que pueda entrar el aire fresco de la resurrección (cf. Lc 24,18ss), que da lugar a la esperanza.
  • Pedir ayuda, como el ciego del camino: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi” (cf. Mc 10,46-52). No pensar que somos autosuficientes y podemos hacer frente con nuestras propias fuerzas a lo que hemos vivido y a lo que estamos viviendo.
  • Recordar y gestionar el duelo por las pérdidas que hemos sufrido, acompañando especialmente quienes han perdido un ser querido, o alguien conocido (“…y Jesús lloró…Jn 11,35).

La parábola del Buen Samaritano nos habla de la gratuidad, de la generosidad, del servicio, de la solidaridad, valores que tendrán que ser cultivados para que de la crisis pueda surgir, emerger, una humanidad nueva.

  • El sufrimiento desde una perspectiva social

Hasta aquí, podemos tener la impresión legítima que la lectura de esta etapa de transición es excesivamente individualista. Por eso, me parece fundamental, que se pueda aludir a la dimensión social, más compleja y extensa para abordar. De todas maneras, es necesario hacerlo.

La pandemia está dejando un halo de consecuencias que repercuten sobre las personas y sobre el cuerpo social. Los conflictos y tensiones crecen, en ambientes familiares, en contextos barriales, en los conglomerados urbanos. La caída en la condición de pobreza e indigencia de tantos hermanos y hermanas por la pérdida del trabajo, por no poder realizar el trabajo informal que los sustentaba, la paralización de algunas actividades, son algunos ejemplos del contexto social.

De un modo análogo a lo que decíamos del sufrimiento personal, se puede hablar de un sufrimiento social, diferente pero no por eso menos doloroso. “Cuando un hermano sufre, todo el cuerpo sufre” (1 Cor 12,26), decía San Pablo con una clara conciencia de los lazos estrechos que nos vinculan entre personas.

A este tipo de sufrimiento también hay que asumirlo y hay que aliviarlo entre todos, con decisiones claras, firmes, que privilegien a los que están en condiciones más vulnerables. Llegado el momento, también será muy útil un ejercicio participativo y solidario para discernir las causas de la crisis que nos atraviesa. Si es un fenómeno natural, realizando aprendizaje para encarar futuras situaciones de este tenor. Si se llegara a reconocer que hay una responsabilidad en lo que sucede, la participación y el compromiso serán indispensables y urgentes para cambiar y revertir, con la fuerza de la verdad y la justicia, la experiencia que nos aflige. Tarde o temprano, aquello que aparentemente queda oculto sale a la luz, según reza la sentencia de Jesús: “No hay nada oculto que no sea revelado y nada secreto que no sea manifestado” (Mc 4,22). Y definitivamente, el camino de superación de la pandemia, cuales quiera sea su origen, para que resulte eficaz, tendrá que comenzar siempre por los pobres y excluidos. En la lógica del Reinado de Dios, los pobres son la llave para la transformación de la historia (“…derribó a los poderosos de su trono, y elevó a los humildes…” (cf. Lc 1,52).

En ese sentido, la Iglesia, nuestra Iglesia, tendrá que asumir un rostro samaritano cada vez de un modo más patente. Ella misma reconocerse vulnerable y en crisis, por esta y otras razones. Tendrá que vencer el miedo, la indiferencia de muchos, el descredito justificado o injustificado, la descalificación y el desprecio. Será, entonces, indispensable que recupere la consciencia de que en su seno conserva el tesoro escondido, el aceite del consuelo, de la salud, de la salvación, y el vino de la esperanza, de la alegría, de la fiesta, dones para ofrecer a una humanidad doliente, crucificada con Cristo, quien ahora vive por los siglos de los siglos.»

Sede Episcopal de Reconquista, 08 de julio de 2021.

+ Mons. Ángel José Macín

Obispo de Reconquista

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