El equipo de radio Amanecer se dio el lujo de poder concretar una entrevista con el padre Mamerto Menapace, quien en una conversación afectuosa que tuvo con el Periodista Ernesto Arzamendia, compartió reflexiones y mensajes para los oyentes.

El Sacerdote Benedictino que transcendió por sus cuentos cristianos y escribir el evangelio en criollo, reflexionó sobre los tiempos que vivimos como país y nos compartió, sobre todo, el valor de la esperanza y el trabajo.

Desde el Monasterio Benedictino de Santa María de Los Toldos, el Padre Mamerto Menapace en una entrevista con Ernesto Arzamendia, expresó la mirada que vislumbra en su caminar como hombre, sacerdote, monje, persona de Dios: “siempre he sido optimista, dejemos el pesimismo para tiempo mejores. No tenemos otro tiempo que este. El presente es el mejor tiempo para nosotros, en él podemos aportar y hacer crecer lo que dios nos ha dado. No perdamos minutos esperando que venga uno mejor. Ese es este, el que nos toca a nosotros vivir, el hoy”.

Y al decirlo se refiere a que el argentino siempre está viviendo del pasado o pensando que los de antes eran tiempos mejores. Por lo que decide traer a conciencia que: “cuando nuestros abuelos inmigrantes vinieron, ese era un tiempo especial, tuvieron que dejar sus tierras, sus raíces, familias para empezar de nuevo. Solo buscaban suelos para trabajar, crecer, producir, desarrollarse y formar familia grande, descendencia que los hiciera perdurar, como lo hizo Abraham”.

Esto para el Padre Menapace es el ejemplo de que “lo que el árbol lleva de florido vive de lo que tiene sepultado”, es decir, que hay que rescatar los valores de nuestra propia historia, todo lo que se nos ha dado desde antes de nuestra existencia para poder seguir dándolo y conocer que viene del sacrificio, del esfuerzo, lo que nos hará valorarlo más.

De ahí deriva una de sus preocupaciones actuales, los jóvenes de hoy y las crianzas “modernas” que no se les permiten que se esfuercen y fracasen. Que toman al sufrimiento como castigo y no como oportunidad de crecimiento, fortaleza, entereza, resiliencia.

“Muchos jóvenes han estudiado, han vivido, progresado con cosas que no tuvieron nuestros abuelos, cómo la electricidad, internet, otras comodidades. Además, tienen la oportunidad de ser universitarios, sin embargo, están desilusionados de su país y se van a lavar platos a Australia. Comportamientos que están lejos de lo que era la política del inmigrante que venía a construir”, menciona Mamerto con un tono de desilusión, y continua: “lo que más me duele de estas situaciones es que se convencen con “cuando esto se arregle voy a volver”. Es esa mentalidad de creer que la vida está hecha solo para gozarla y no para construirla es la que me atormenta. Sabemos que es difícil, que es dolorosa, pero es valiosa y es eso lo que nos da sentido”.

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En su reflexión, sobre lo que le preocupa de nuestras nuevas generaciones, hace un llamado de atención para todos los argentinos y recomienda que dejemos de quejarnos, de ser pesimistas y que comencemos a dedicarnos al ahora, darle tiempo a este tiempo con la alegría de saber que el país nos necesita y que todo va a mejorar con esfuerzo y dedicación. Todos somos parte de esta construcción, no debemos irnos esperando que otros solucionen, afirma este hombre que dedico su vida siempre a los demás.

Y no queda ahí, nos comparte algunos condimentos y tizones que hay que arrojar al fuego del cambio, del crecimiento:

“primero el vivir con esperanza y saber que el mundo va a seguir andando cuando nos toque ya no estar, cuando cerremos los ojos, y por eso pensar y preguntarnos todos los días ¿si estamos dejado un lugar un poco mejor?

Segundo, conocer que en los tiempos que llamamos difíciles es cuando esta la oportunidad de crear para los que tienen voluntad de hacer de esforzarse y no dejar pasar la oportunidad de construir el mundo que queremos.

Tercero, entender que esa acción viene de abajo, del valor de la humildad, de lo comunitario, del mirar, del fijarnos que es lo que nuestro entorno necesita y dictarnos como podemos ayudar a los jóvenes y chicos para que tengan sus alimentos y una realidad mejor que les permita crecer, aprender y aportar para el mañana.

Por último, también podría ser primero, entender que no necesariamente la carencia es una desgracia, muchas veces es la oportunidad que necesitamos para exigir el cambio”.

En la conversación también habló de desarraigo, de cuando salió con tan solo 10 años de su casa y lo que significó para él:

“a los 10 años me fui para ingresar al monasterio era la manera de poder estudiar. Luego continúe mi formación caminando por varios países, provincias y regiones, de todas aprendí, fui parte, pero siempre consciente de dónde vengo y creo que está ahí la riqueza. Saber nuestra historia, la de nuestra zona del Chaco, ahora norte santafesino, que es bastante nueva, tiene apenas 150 años y nació de una violencia donde extirparon razas, expulsaron gentes, dieron grandes terrenos a una sola persona que puso a trabajar a otros. No olvido que somos herederos de eso y que tenemos una deuda con los pueblos originarios y los inmigrantes que con esfuerzo lograron lo que tenemos hoy. Por eso, no neguemos nuestra necesidad y responsabilidad de aportar. El aceptar que llevamos eso adentro, el acordarse de dónde venimos nos llevará a construir siempre algo superior. No tenemos que meter en las alforjas lo que no vayamos a usar, “son más largos los caminos para el que va cargado de más”, creo que con un puñado de recuerdos se puede construir un mundo interior válido”.

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Con sus últimas palabras no hizo más que trasladarnos a nuestras raíces y hacernos entender que hay que ser humilde y hacer patria siempre caminando hacia delante y “no dejar taperas después de acampar, andar de carpa en carpa avanzando en la historia y no vivir de la nostalgia, pero si amamantarnos de los recuerdos”.

La reflexión que nos compartió el Padre Mamerto Menapace es profunda y más extensa, al comunicarla intentamos ser lo más fiel posible a sus palabras y pensamientos.

Mamerto Menapace

Hijo de María Josefina y Antonio, noveno de trece hermanos, Mamerto Menapace nació el 24 de enero de 1942 en Malabrigo, región del Chaco santafesino, hoy norte de la provincia de Santa Fe, Argentina.

A los diez años de edad ingresó como internado al monasterio benedictino de Santa María de Los Toldos, fundado en 1948,1​ y más tarde decidió ingresar en la Orden de San Benito.

Realizó sus estudios de teología en el monasterio benedictino de Las Condes, en Chile, y fue ordenado diácono por el cardenal Raúl Silva Henríquez, en 1966. Ese mismo año fue ordenado presbítero. También se recibió de Maestro Normal Nacional en un colegio regenteado por los Hermanos Maristas.

De regreso en la Argentina, se instaló definitivamente en el monasterio Santa María de Los Toldos donde en 1974 fue elegido superior de su comunidad.

En tanto, comenzaba a participar en LT33 Radio 9 de Julio, quien le abrió las puertas para que narrara cuentos con enseñanzas cristianas. Esa modalidad la llevó a escribir libros donde con lenguaje gauchesco o criollo, explicaba con sencillez lo que para otros se hacía más difícil entender. Así escribió cuentos, poesías, ensayos bíblicos, narraciones y reflexiones, generalmente orientados al público juvenil.

Su actitud abierta, hizo trascender al monasterio Santa María de Los Toldos, más allá de la geografía de localización en los límites de Nueve de Julio con Gral. Viamonte.

Fue canónicamente elevado a la dignidad de abad del monasterio en agosto de 1980, en una ceremonia presidida por el cardenal Eduardo Pironio. Fue abad del Monasterio de Santa María de los Toldos por dos períodos, desde 1980 hasta 1992.

​En 1995 fue nombrado abad presidente de la Congregación Benedictina que reúne a los monasterios de Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina.

Desde 1976 publica sus libros a través de la Editora Patria Grande y se ha hecho muy popular en el ámbito de la Iglesia católica en Argentina y también en el extranjero. ​Ha publicado más de cuarenta libros con temas que van desde el encuentro con Dios al crecimiento en la fe.

En 1994 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco máximos exponentes de la Literatura Juvenil.

Hoy, arriba a sus 80 años de vida consagrada al Señor.

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