La impotencia es parte del patrimonio común de la humanidad en estos días. No
me siento alejado de esta realidad. Sin embargo, desde la reflexión y desde la fe, estoy
convencido que tenemos que seguir buscando caminos, para que de la “pandemia
podamos salir mejores”, siguiendo la sabia advertencia del Papa Francisco ante la ONU:
“De una crisis no se sale igual: salimos mejores o peores” (FRANCISCO, Discurso
ante la ONU, 25 de setiembre de 2020). Las meditaciones que siguen, en continuidad
con otros aportes que he ofrecido en este tiempo, tienen el modesto objetivo de ofrecer
algún elemento para quienes compartimos el padecimiento de esta situación tan
particular, en especial, para quienes sobrellevan el peso más intenso. Y también a
asumir la corresponsabilidad que nos cabe ante la crisis humanitaria que estamos
atravesando.
En los primeros meses de 2020, nos vimos sorprendidos por la difusión muy
rápida de un nuevo virus. En pocas semanas, todo el mundo comenzaba a padecer una
de las experiencias globales más inéditas de las últimas décadas, desde la finalización de
la II guerra mundial. Las características de los eventos mencionados, por supuesto, son
totalmente diferentes. El enemigo hoy es un cuasi ser vivo, un microrganismo,
desconocido hasta el momento del inicio de la pandemia y muy agresivo. Se podría
afirmar que, en términos formales, se ha tratado de responder en forma conjunta a esta
peste, aunque no siempre esto de la unidad sea tan claro de visualizar.
A más de un año de esos comienzos confusos, la humanidad sigue debatiéndose
entre la preocupación, el sufrimiento, la muerte y la esperanza de una finalización del
flagelo. ¿Qué ha cambiado desde el comienzo a esta parte? Muchas cosas y casi nada.
Las dos respuestas son válidas. Hoy se ensayan vacunas, se celebran los resultados y se
cuestionan otros, se ajustan tratamientos, se buscan equilibrios nada sencillos entre
apertura y restricción, dejando la clara impresión de que se está lejos de alcanzar el
punto justo de intervención. Al principio, las acciones eran erráticas y con una
importante dosis de ensayo, de prueba y error. Hoy no parece que los países, y la
humanidad toda, hayan tomado un rumbo estable. Pareciera que algunas cosas han
cambiado, para mejor, y en otras, seguimos como siempre, o estamos peor.
Lamentablemente, también hay que decir que existen algunos, personas o grupos, que
lucran con la pandemia, y otros que “soportan todo el peso de la jornada”. Entre otras cosas, este drama ha puesto de manifiesto, una vez más, la profunda desigualdad entre los humanos.
1. La fatiga de las personas y las estructuras
Ahondando en estas cuestiones desde las consecuencias, existe un aspecto no
menor que se va tornando poco a poco en un protagonismo determinante para la
evolución y la superación de la Pandemia: la fatiga. Una expresión de una importante
densidad semántica, que se puede usar para referirse a un puente, a una estructura, a
colectivo humano, a una persona. La fatiga parece ser uno de los elementos más
complejos que en esta etapa de la pandemia tenemos que enfrentar. Es más que
cansancio. Es algo que pone en riesgo la estabilidad. El futuro poco claro aumenta la
gravedad de la fatiga. No sabemos hasta cuando esto se seguirá prolongando. No
estamos seguros de cuanto podrán resistir las estructuras sanitarias, económicas,
sociales, psíquicas…las estructuras humanas, nuestra maravillosa y frágil humanidad.
La fatiga se siente a nivel personal, a nivel social, a nivel del sistema de sanidad,
a nivel económico. Cada uno de estos estamentos merecería una consideración puntual.
Solo digo una palabra sobre lo económico, porque viene afectando de un modo
demoledor la vida de las familias y de las personas. La pérdida de empleos, la
desocupación o subocupación, la economía forzada al límite de sus posibilidades, son
todas causas de una fatiga que impacta de lleno en la vida de la gente, especialmente de
los más pobres y vulnerables. Si bien es cierto que, de alguna manera, la pandemia nos
ha igualado a todos, en ciertas cosas no parece ser tan clara esta afirmación.

1. De la fatiga al miedo
Muy cercana a la fatiga, aparece con más intensidad el miedo. Ya lo he
comentado en otras entregas. Esta experiencia humana estuvo presente desde el
comienzo, pero que hoy se estaría instalando de un modo más virulento, sobre todo en
personas solas, en los ancianos, en quienes padecen algunas enfermedades crónicas, que
aceleran y complican los cuadros de COVID – 19, en quienes no tienen bienes para
afrontar los gastos de la enfermedad o sienten truncado su futuro por la falta de trabajo
digno. También pareciera haber grupos de personas que manifiestan manejar con
suficiencia las cosas; no estoy convencido que sea así. Más bien pienso en una
formación reactiva, frente a la imposibilidad de hacer frente al dolor que supone la
experiencia. Es probable que tengamos que hablar de una especie de miedo escondido,
subyacente, o de un movimiento de evasión que se percibe en los que tienden a la
clandestinidad.
El miedo, ya lo sabemos, paraliza. También encierra, no solamente en la casa,
con los trastornos que esto provoca, sino también en uno mismo. El ensimismamiento es
algo que se percibe a flor de piel en muchas de nuestras comunidades, especialmente en
los espacios urbanos. Y no es saludable para quien lo padece. Tampoco para su entorno.
Un miedo que se extiende hacia otras áreas. Es común que nos sorprendamos de
nosotros mismos, pensando en seres queridos, en personas que pudieran contraer el
virus, en desenlaces fatales. No es fácil lidiar con el miedo. Menos aun cuando se es
incapaz de reconocerlo.

2. La muerte, expresión más dura de la pandemia
La descripción que hacemos de la incertidumbre, de la prolongación indefinida
de la situación que vivimos, de la fatiga, son todas cosas complejas y pesadas de
sobrellevar.
Pero, en el fondo, hay un dato que golpea de una manera decisiva a las estructuras antes
nombradas, y que se desprende de la fatiga antes mencionada: la muerte.
La muerte es una cifra en todos los periódicos y portales del mundo, en las redes
sociales y entre los miembros de un vecindario. Se hacen estadísticas sobre la misma.
Aparece con otros nombres en diferentes listas, pero es algo diferente. La muerte está
lejos de ser un dato más. Es una experiencia que, en cierto sentido venía siendo casi
enmascarada en una cultura del bienestar presente, y ahora reaparece con toda su
crudeza y carga de desesperación.
La muerte, a su paso, deja un vacío, un lugar que alguien ocupaba y que queda
sin destino. Un lecho arreglado, una silla solitaria, una casa sin dueño, una mascota
triste, un corazón desolado. La muerte no tiene palabras que la expliquen. Tampoco
tiene piedad frente a las experiencias que provoca. Actúa de un modo implacable. No
permite una recapitulación, una vuelta atrás para arreglar algún detalle.
La muerte, o la desaparición de una persona, producen también una sensación
indescriptible en quien se queda. Con impresionante precisión describe esta experiencia
el escritor húngaro Sandor Márai: “Y a esto no hay que darle más vueltas. Tales son los
hechos. Quien sobrevive al otro es siempre el traidor” (S. Márai, El Último Encuentro).
El sentimiento de traición sobrevive con el sobreviviente. Pasó en las grandes guerras
del siglo XX, pasó en la Dictadura Militar Argentina del ’76 y, tristemente, nos está
pasando hoy. Esta mezcla de vacío, impotencia y culpa son componentes dramáticos de
un trauma personal y, también de lo que podríamos denominar, un trauma social. No es
algo fácil de explicar desde una perspectiva racional. Tiene que ver con los vínculos
más hondos, que nos conectan a las personas, especialmente a aquellas que viven cerca.
Un ulterior elemento de dolor lo provoca el modo de sepultura de quienes parten
por este motivo. O son colocados “fuera del campamento”, por decirlo elípticamente, o
son cremados, ahondando la sensación de vacío. No cuestiono las razones sanitarias ni
de conciencia que están detrás de estas prácticas, al parecer necesarias. Mi intención es
observar las consecuencias que esto deja en quien se queda.

3. El trauma social
Ante este panorama complejo y desolador, considero que algunos estudios
análisis de especialistas, en confrontación con la Palabra de Dios, pueden transformarse
en aportes para comprender, vivir y superar la realidad que nos aqueja. Las ciencias
contemporáneas, especialmente la sociología y la psicología social, ofrecen
investigaciones sobre las características y los efectos de los llamados “traumas
sociales”, que marcan de un modo decisivo a generaciones, y que necesitan ser
elaboradas no solo de un modo personal, sino también con un trayecto colectivo.

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Siguiendo a autores como R. Eyerman, J.C. Alexander y otros (EYERMAN, J.C. y
otros, Narrating Trauma; J.C. ALEXANDER, Towards a Theory of Cultural Trauma,
etc.), sospecho que estamos atravesando una experiencia profundamente traumática, que
afecta a toda la humanidad. Una experiencia de crisis que no puede ser abandonada a la
deriva.
Tratemos de profundizar en algunos conceptos. Desde la perspectiva social, el
trauma cultural se da cuando los miembros de una colectividad sienten que han sido
víctimas de un acontecimiento perturbador que va dejando una impronta indeleble en la
conciencia del grupo, grabando así sus recuerdos y cambiando su identidad futura de un
modo fundamental e irrevocable.
Hay tres notas que ayudan a caracterizar el trauma cultural:
– Los miembros del grupo se tienen que sentir afectados por los acontecimientos.
Un trauma no se produce cuando un grupo experimenta dolor, sino cuando lo
sucedido afecta la propia identidad del grupo.
– El segundo aspecto, asociado al primero, es que este acontecimiento perturbador
transforma la identidad misma de forma irrevocable. De un trauma no se sale de
la misma manera
– Por último, es fundamental registrar el impacto del trauma en la memoria del
grupo, el cual queda marcado por el acontecimiento vivido. Cuando un grupo
queda “herido”, se activa una búsqueda en común para reforzar la nueva
identidad, reformulando los vínculos.
Para seguir ahondando la cuestión, es importante recurrir a la categoría de
“trauma elegido”, acuñada por V.D. Volkan (V.D. VOLKAN, Transgenerational
Transmissions and Chosen Traumas). Un trauma elegido es una representación
compartida de un acontecimiento histórico en el que el grupo ha sufrido una derrota,
una pérdida o una humillación. Junto con las “glorias elegidas”, los “traumas elegidos”
constituyen parte de la herencia colectiva del grupo, que configura su identidad. Con
frecuencia, los traumas elegidos se usan para racionalizar un conflicto diferente. Los
líderes saben cómo reactivar un trauma elegido, especialmente cuando el grupo se
encuentra en una nueva realidad conflictiva. De ahí la grave responsabilidad que cabe a
quienes conducen los destinos de los pueblos y las comunidades, quienes además de
gestionar la crisis, tienen que tener una proyección humanista que ofrezca seguridad y
orientación al colectivo que está atravesando la crisis. Cada uno podrá sacar sus
conclusiones sobre esto. Solo digo que algunos líderes de la humanidad actual muestran
un triste espectáculo de personas sin visión y sin nada para ofrecer a sus pueblos.

4. El trauma social y la fe
Esta conceptualización de la sociología y de la psicología social puede tornarse
fecunda en diálogo con el ámbito de la fe. S. Guijarro Oporto, profesor en Salamanca y
uno de los especialistas más reconocidos de los evangelios en la actualidad, haciendo  lleva en la cuestión del trauma social, analiza el surgimiento y la composición del
evangelio de Marcos, sosteniendo que en el origen del mismo hay una experiencia
traumática o un trauma social (S. GUIJARRO OPORTO, El evangelio de Marcos como
relato progresivo).
Según este autor, el trauma vivido por los primeros discípulos de Jesús que
sufrieron la denominada “guerra judía” del 66 al 73 d.C. experimentaron un verdadero
trauma por la persecución, por la falta de alimentos, por el abandono de la tierra, por la
muerte y desaparición de miembros de la comunidad. El triste motivo de esta
intolerancia se fundó en sus motivaciones y prácticas religiosas. Fue una experiencia de
tal magnitud, que solo pudieron superarla apelando a otra experiencia traumática
reciente, que fue la condena, muerte y resurrección de Jesús, es decir, el contenido
fundamental del evangelio.
La situación similar de sufrimiento lleva a los cristianos de la comunidad de
Marcos a recordar las tribulaciones vividas por el maestro y, de un modo concomitante,
la vivencia del encuentro con Cristo Resucitado. La presencia viva del Resucitado los
estimula a enfrentar el trauma por el que están atravesando. Se podría decir que la
historia del Nazareno actúa de soporte, de paradigma, para aceptar y superar el
trauma actual, que luego es puesto por escrito en el evangelio de Marcos. Huelga
decir que les recomiendo, a esta altura, la lectura del segundo evangelio, comenzando
por el final, esto es, el relato de la pasión.
Estimo que esta temática es inspiradora para tener una orientación en el trance
que actualmente se está desarrollando y que nos tiene como afectados protagonistas. Es
fundamental poder alcanzar cierto equilibrio, racionalidad y estabilidad emocional
frente a cosas que nos superan, y frente a las cuales no siempre tenemos las reacciones
apropiadas. Reconocer donde están los puntos incisivos que provocan la crisis, y
encontrar elementos de superación
El itinerario histórico y meta-histórico de Jesús de Nazareth sigue siendo
inspirador para creyentes, y también para no creyentes, por su serena posición frente al
dolor y la instancia suprema de todo ser humano, que es la muerte. Al fin y al cabo, el
perfil y la grandeza de una persona se definen por su manera de enfrentarse con la
instancia suprema de la existencia. Esto es más interesante todavía, si aceptamos que
Jesús de Nazareth fue liberado de las garras de la muerte y resucitado, nos acompaña en
las luchas cotidianas. Se puede creer o no en la resurrección. Pero convengamos que la
fe cristiana es de las pocas propuestas superadoras, que permiten transitar con cierta
serenidad momentos de crisis y que nos abren a un horizonte diferente, con algo nuevo
que puede sobrevenir.

5. Algunas consecuencias y sugerencias
Soy consciente que en el describir o meditar sobre las experiencias traumáticas,
me encuentro como uno más, procurando buscar caminos y tratando de ofrecer alguna
palabra luminosa para otros. En ese sentido, me animo a proponer algunas sugerencias
para seguir caminando por las “cañadas oscuras” actuales (cf. Sal 22,4), acompañados
por el Buen Pastor.
– Realismo para asumir las cosas que nos están pasando. No dejar nuestra vida
librada a reacciones espontáneas, que nos pueden lastimar y pueden lastimar a

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otros. El encuentro con la verdad, por más duro que esto sea, siempre tiende a
ser liberador (“La verdad los hará libres”, leemos en el contexto de Jn 8,31-38).
– Interpelación serena respecto del impacto psico-afectivo-espiritual que produce
la muerte como dato, como partida de un ser querido, como realidad factible
para uno mismo. No conviene ocultar este dato ni evadirlo. Tampoco estar
pensando todo el día en eso… Desde allí, tratar de elaborarlo desde los elementos
y la visión que más me convence y me ofrece un horizonte que me permita mirar
más lejos. De eso se trata: mirar más lejos.
– Caminar con otros y dialogar sobre estos temas “difíciles”. El pequeño grupo, la
comunidad, son fundamentales en la elaboración de los traumas, para que de los
mismos se pueda salir con una actitud nueva y esperanzadora.
– La solidaridad es una gran productora de sentido en tiempos traumáticos. El
reconocimiento del sufrimiento del otro, del dolor del hermano, del abandono
del pobre, son profundamente liberadores y sanadores de nuestros propios
traumas y problemas.

6. Recomendaciones prácticas
La superación de vivencias como la provocada por el COVID – 19 no se logran
solo con elucubraciones intelectuales o racionales. Estas son necesarias, pero tienen que
ir acompañadas de otros elementos. El factor simbólico es determinante en este punto,
porque afecta las emociones, los sentimientos, la voluntad.
Desde esta posición, propongo a los fieles de la Diócesis de Reconquista, y a
todos aquellos que quieran, además de las iniciativas que ya están en curso, organizar
una celebración mensual, en una fecha a elegir, para invitar a que los familiares que han
perdido un ser querido por el COVID – 19. Motivarlos a que lleven una foto, o un
cuadro de la persona, y hacer una celebración con gestos y oraciones alusivas. La
Palabra también nos puede abrir la mente y el corazón. Si esto no es posible por las
restricciones necesarias, se puede organizar algo similar por las redes sociales, para que
las familias lo puedan seguir desde sus casas.
Otra propuesta es conversar sobre estos temas en pequeños grupos, con personas
de confianza, de alguna manera siguiendo el principio de que siempre es más llevadero
superar una situación traumática, acompañados por otros. Y cuando me refiero a
conversar, no pienso tanto en las cosas periféricas, si estamos de acuerdo con tal o cual
decisión de los gobiernos, si los vecinos cumplen o no las normas establecidas. Me
refiero a cosas más personales, a abrir el corazón, para que el trauma se transforme en
una ocasión para un nuevo comienzo.

Sede Episcopal de Reconquista, 04 de mayo de 2021.

+ Mons. Ángel José Macín

Obispo de Reconquista

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